El Sexto Mandamiento enseña que la sexualidad es un buen regalo de Dios, pero debe ser ordenada mediante la castidad y el dominio propio. Jesús revela que el pecado sexual comienza en el corazón y llama a los creyentes a la pureza de intención, no solo al cumplimiento externo. Cuando la sexualidad se gobierna correctamente, protege la dignidad humana, fomenta el amor verdadero y refleja el diseño de Dios para la intimidad.
Escucha esta lección:
Deuteronomio 5:18
“No cometerás adulterio.”
Mateo 5:27-28
“Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” 28 Pero yo les digo que todo el que mira a una mujer con intención lujuriosa ya cometió adulterio con ella en su corazón.”
Jesús profundiza el mandamiento
Jesús no abroga el mandamiento; lo intensifica al moverlo de los actos externos a los deseos internos (Mateo 5:27–28).
El pecado sexual comienza en el corazón, no solo en el comportamiento físico.
El Sexto Mandamiento gobierna toda una categoría moral, no solo acciones aisladas.
La verdadera obediencia implica pureza de intención, no solo restricción externa.
La naturaleza del sexo (género)
La Escritura enseña que el sexo es binario: hombre y mujer (Génesis 1:27).
La identidad sexual es una realidad dada, no algo auto-creado o elegido.
El género es de naturaleza física, moral y espiritual.
El hombre y la mujer son diferentes pero complementarios, no intercambiables.
Ambos son iguales en dignidad y valor, creados a imagen de Dios.
Diferencia, complementariedad y dignidad
La diferencia sexual fue diseñada para la unión, no para la división.
El hombre y la mujer están llamados a funcionar juntos, cada uno aportando lo que el otro no tiene.
Sus diferencias no implican desigualdad, sino dependencia mutua.
Por encima de la diferencia sexual está la humanidad compartida y el mismo valor delante de Dios.
Sexualidad y el llamado a la castidad
La pureza sexual históricamente se llama castidad.
La castidad pertenece a la virtud de la templanza, que es dominio propio.
Es la integración correcta de la sexualidad dentro de la persona.
La castidad permite que la sexualidad sirva al amor en lugar de dominar a la persona.
El apetito sexual
El deseo sexual es un apetito natural dado por Dios, similar al hambre.
El apetito en sí no es pecado, pero es irracional y debe ser gobernado.
Sin dominio racional, el deseo se vuelve destructivo.
La madurez moral requiere aprender a ordenar el deseo hacia el bien.
La sexualidad como fuego
La Escritura compara la sexualidad con el fuego: poderosa y beneficiosa cuando está contenida.
Cuando no se controla, causa destrucción en individuos, familias y sociedades.
La cultura moderna ha removido la sexualidad de su lugar propio, produciendo desorden.
La castidad restaura el control y la libertad.
La virtud se forma con el tiempo mediante disciplina y vigilancia.
Formas de castidad
Castidad célibe para personas solteras.
Castidad conyugal para personas casadas.
Castidad en la viudez después de la pérdida del cónyuge.
Todo cristiano bautizado está llamado a vivir en castidad según su estado de vida.
Ofensas contra la castidad
La Escritura menciona la inmoralidad sexual, impureza, pasiones y malos deseos (Colosenses 3:5).
La lujuria es la raíz del pecado sexual: deseo desordenado o búsqueda excesiva del placer.
El placer sexual se vuelve desordenado cuando se separa de sus fines propios.
La auto-gratificación, la pornografía y la fornicación violan la dignidad humana y el diseño de Dios.
La sexualidad fue creada para el don de sí dentro del matrimonio, no para el uso propio.