El Noveno Mandamiento aborda los deseos internos del corazón, especialmente la inclinación pecaminosa llamada concupiscencia. Debido a que el pecado comienza internamente, el creyente debe ser purificado mediante la santificación para alinear su corazón, pensamientos y motivaciones con el orden moral de Dios. A través de la oración, la disciplina mental, la obediencia y un ambiente adecuado, el cristiano crece en pureza y permanece en la presencia de Dios.
Escucha esta lección:
Deuteronomio 5:21
“No codiciarás la mujer de tu prójimo…”
Introducción
Este mandamiento no solo trata con acciones y palabras, sino también con pensamientos e intenciones.
Dios se interesa por toda la vida de una persona: acciones, palabras y motivos internos.
1 Juan 2:16–17 describe tres formas de deseo mundano:
Los deseos de la carne
Los deseos de los ojos
La soberbia de la vida
La concupiscencia y los deseos del mundo son temporales y pasan con el mundo.
Hacer la voluntad de Dios conduce a lo que permanece para siempre.
Concupiscencia
Los deseos de la carne
Teológicamente, los deseos de la carne se llaman concupiscencia.
Filosóficamente, la concupiscencia se refiere a un deseo humano intenso.
Teológicamente, es el movimiento de los sentidos contra la dirección de la razón humana.
Involucra los cinco sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y oído.
La concupiscencia aleja a la persona del orden moral establecido por Dios.
El orden moral de Dios
Los mandamientos de Dios no son reglas arbitrarias.
Los Diez Mandamientos expresan el orden moral del mundo.
Cada mandamiento está interconectado con los demás y con la vida humana.
Dios prohíbe ciertas acciones porque conducen a la destrucción.
Su propósito es restaurar a la humanidad a un estado de gracia y justicia original.
Concupiscencia y el pecado original
La concupiscencia se origina en la caída de Adán y Eva.
Su desobediencia rompió el orden moral establecido por Dios.
La concupiscencia inclina a las personas hacia el pecado.
El pecado lleva a la persona más allá de la razón hacia la irracionalidad y la oscuridad.
El pecado es destructivo, no creativo.
Purificación y santificación
La necesidad de purificación
Mateo 15:19–20 enseña que las malas acciones comienzan en el corazón.
Jesús identifica el corazón como la fuente de homicidio, adulterio, robo y falso testimonio.
Debido a que el pecado comienza internamente, es necesaria la purificación del corazón.
Pureza de corazón
Mateo 5:8: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”
Dios habita en pureza y luz.
Vivir en impureza mientras se afirma vivir en Dios es una contradicción.
San Agustín sobre la pureza
Agustín distingue entre:
Pureza de corazón
Pureza del cuerpo
Pureza de la mente
Creer conduce a obedecer.
Obedecer conduce a vivir correctamente.
Vivir correctamente conduce a la purificación.
La purificación conduce a un mayor entendimiento de la fe.
La pureza y la presencia de Dios
1 Tesalonicenses 4:3,7–8 enseña que Dios llama a los creyentes a la santidad.
La impureza resiste y entristece al Espíritu Santo.
La pureza guarda la presencia de Dios en el creyente.
Los creyentes son templos del Espíritu Santo y deben vivir conforme a ello.
El proceso de purificación
La purificación es similar al refinamiento del oro.
El oro es purificado mediante calor intenso que elimina las impurezas.
De la misma manera, Dios purifica el corazón y el alma del creyente.
Este proceso es difícil e implica una lucha espiritual.
Estrategia para la victoria en el proceso de purificación
1.Ambiente
El ambiente influye fuertemente en el comportamiento moral.
Evitar situaciones que provocan tentación o concupiscencia.
Proverbios 6:27 advierte sobre acercarse a lo destructivo.
2.Pensamientos
El creyente debe aprender a llevar cautivos sus pensamientos.
La mortificación de la carne implica dar muerte a los deseos pecaminosos.
Romanos 6 y 8 enfatizan dar muerte a las obras de la carne por medio del Espíritu.
3.Oración
La oración es esencial para la victoria espiritual.
Una vida débil de oración suele acompañar el pecado habitual.
La oración coloca al creyente en la presencia de Dios.
A través de la oración, Dios da convicción, gracia y fortaleza espiritual.
4.Obediencia
La obediencia ayuda al crecimiento espiritual.
Evitar la ociosidad y mantenerse ocupado en lo correcto.
Cumplir responsabilidades en la familia, trabajo e iglesia.
Leer la Escritura y desarrollar hábitos saludables fortalece la santidad.