Romanos 6 enseña que los creyentes han muerto con Cristo y ya no son esclavos del pecado, sino que ahora deben vivir como siervos de la justicia. Romanos 7 muestra que la Ley revela el pecado, pero no puede vencer la naturaleza pecaminosa; solo la unión con Cristo y el poder del Espíritu Santo que habita en el creyente pueden producir verdadero fruto. La vida cristiana es el paso de la justicia posicional a una santificación vivida, en la cual el creyente aprende a caminar en libertad, obediencia y una vida fructífera.
Muertos al pecado, vivos para Dios — Romanos 6:1–14
Romanos 6 comienza con el tema de estar muertos al pecado y vivos para Dios.
Los cristianos todavía luchan con una naturaleza pecaminosa, pero ahora también tienen una naturaleza que combate el pecado.
Los creyentes aún no han sido completamente liberados del «cuerpo de muerte», por lo que la vida cristiana debe vivirse con honestidad.
Justicia posicional y justicia experimentada
No debemos confundir la justicia posicional con la justicia experimentada en la vida diaria.
El creyente es justo por su posición en Cristo, pero eso no significa que su naturaleza ya haya sido transformada por completo.
La santificación es el proceso de experimentar la justicia en la vida cotidiana.
La vida cristiana es una «obediencia a la fe» que muestra cómo debe manifestarse la entrega a Jesús como Señor.
La jactancia queda excluida
Romanos 3 enseña que nadie es justificado por las obras de la Ley.
Romanos 4 muestra que Abraham no tenía motivo para jactarse.
Los creyentes circuncidados y los no circuncidados están unidos por medio de la fe.
Todos los que creen son hijos de Abraham por la fe.
El pecado ya no es el amo
Pablo explica que hemos muerto al pecado y hemos sido liberados de él.
El pecado ya no gobierna la vida del creyente.
El cristiano ya no es esclavo del pecado, sino siervo de Cristo.
El creyente todavía puede pecar, pero el pecado ya no es su amo; ahora Jesús es su Señor.
Unión con Cristo
El cristiano participa en la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.
Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó; en Romanos 6, Pablo aplica esa realidad al creyente.
Para experimentar la vida de resurrección, ciertas cosas en nosotros deben morir y ser sepultadas.
Debemos romper definitivamente con Adán y considerarnos muertos al pecado antes de abandonar las prácticas pecaminosas.
Todos sirven a algo
Pablo utiliza la esclavitud como una analogía que todos en el mundo romano podían comprender.
La idea principal es esta: no sean esclavos del pecado, sino siervos de la justicia.
Un esclavo no se pertenece a sí mismo; de igual manera, el cristiano debe reconocer que ya no vive para sí mismo.
Todos son esclavos de algo.
La libertad del mundo y la libertad en Cristo
La libertad del mundo se describe como un espejismo, porque en realidad es esclavitud al pecado.
El fruto del pecado es desagradable y conduce a la muerte.
La verdadera libertad se encuentra en ser siervos de Cristo.
La libertad encierra una paradoja: la disciplina hace a una persona más libre para llegar a ser quien está llamada a ser.
Una vida fructífera en Cristo
Cuando Cristo se convierte en nuestro Señor, la verdadera libertad produce fruto.
Por el poder del Espíritu Santo, los creyentes ahora desean producir fruto conforme a Dios.
Someternos a Jesús como Señor permite que ese fruto crezca.
Se describe el servicio a Dios como una forma de realización personal: en Cristo, el creyente llega a ser quien verdaderamente es.
La Ley y el Mesías
Romanos 7 se desarrolla en torno a la Ley y su relación con el pecado.
Se cita a N. T. Wright para explicar que el propósito de Dios en el pacto era concentrar el pecado del mundo sobre Israel, para que pudiera ser transferido al Mesías y resuelto de una vez para siempre.
Israel se quedó con el «instrumento» utilizado para tratar con el pecado: la Ley.
Pablo explica que los creyentes han muerto a la Ley por medio del cuerpo de Cristo, para que puedan pertenecer al Cristo resucitado.
Pertenecer a otro
Pablo utiliza el matrimonio como analogía: cuando muere uno de los cónyuges, el otro queda libre para unirse a otra persona.
De la misma manera, los creyentes ya no están unidos a la Ley, sino a Jesucristo.
El propósito de estar unidos a Cristo es dar fruto.
Dios aborrece el pecado porque impide que los creyentes sean fructíferos.
La justificación y el fruto
Ser justificado significa tener paz con Dios y estar en una relación con Él.
Dios quiere que el creyente justificado dé fruto.
La adopción explica la relación del creyente con Dios como Padre.
Ser cristiano significa dar fruto, porque Jesús dijo que las personas son conocidas por sus frutos.
La Ley revela el problema
Pablo enseña que el pecado se aprovechó de la Ley.
La Ley no dio vida a Israel; reveló la muerte.
Aunque la Ley es santa, justa y buena, también revela la gran distancia que existe entre la humanidad y un Dios santo.
La Ley sigue siendo un instrumento de medición, pero no puede corregir la naturaleza pecaminosa.
La lucha interior
Pablo habla en primera persona para ayudar a sus lectores a verse reflejados en esa lucha.
Describe la lucha de intentar llevar a la práctica la salvación sin el poder del Espíritu Santo, lo cual es imposible.
Vivir moralmente, por sí solo, no puede resolver el quebrantamiento más profundo del interior.
Existe un caos interno y un problema profundamente arraigado, heredado a causa del pecado.
La necesidad del Espíritu
La mente puede querer servir a Dios, pero ese deseo no logra llevarse a la práctica si no se ha tratado con la naturaleza pecaminosa.
El creyente necesita ser liberado de la naturaleza pecaminosa y recibir una naturaleza que combata el pecado.
El Espíritu Santo viene a habitar en el creyente y le da poder para hacer morir las obras de la carne.
La santificación es el fruto de la justificación.